Reflexiones de un ingeniero acerca de una semilla de tomate

Imagina que se inventara un aparato del tamaño de un teléfono móvil que, si lo plantásemos en un terreno y le proporcionáramos agua y energía suficiente, en tres o cuatro meses nos generase una fábrica completa de tornillos, puertas o automóviles. Es más: imagina que el aparato tomase todos los materiales para construir la fábrica de los minerales que se encuentran en el propio suelo. Más todavía: imagina que no tenemos que darle ni siquiera energía, porque el aparato posee una pequeña batería con la cual es capaz de abastecerse el tiempo suficiente para crear unos minúsculos paneles fotovoltaicos y, a partir de ese momento, ir creando toda una estructura de paneles solares para alimentar la fábrica.

Deja de imaginar, ese aparato ya existe: es una semilla.

El único inconveniente es que esa tecnología no es humana y no produce tornillos ni puertas ni automóviles. Es una tecnología de la naturaleza que supera inmensamente las tecnologías humanas y produce algo mucho más importante: alimentos. Quizá algún día los humanos dejemos de presumir de ser seres tecnológicos y sepamos apreciar la fabulosa tecnología puntera que posee una simple semilla de tomate.


¿Tecnologías alternativas? (Reloaded)

Continúo con la idea de retomar algunos escritos de “La Revolución Solidaria” una docena de años después.

… La civilización humana nunca se ha jugado tanto como ahora, esto va en contra de las previsiones que pueda hacer la Historia, porque no ha habido historia de un acontecimiento como el que se nos viene encima… El cambio cualitativo requerido es mayor incluso que los cambios producidos por la Revolución Agrícola o Industrial… Pero eso es lo que se está pidiendo el propio ser humano. Si gracias a las tecnologías eficientes conseguimos evitar el colapso medio ambiental [¿geoingeniería?], pero seguimos con un mundo injusto para la mayoría de las personas y seres vivos, yo no lo quiero. Prefiero el riesgo al colapso [total] para empezar de cero que hacerles el trabajo a los que serán explotadores en la próxima generación.

Por eso es tan importante hacer que las tecnologías eficientes sean a la vez justas, equitativas, fraternales, libertadoras y amorosas. Yo no quiero una energía eólica no contaminante si lo único que hace es mantener este sistema injusto por los pelos. Los ingenieros y científicos “alternativos” deberíamos dedicarnos más a la sociología que a la técnica, pararnos a pensar si nuestra aplicación tecnológica es “bondadosa” y está consiguiendo y conseguirá un mundo más hermoso para todos.

Debemos ser objetores de conciencia de cualquier empleo de nuestros desarrollos tecnológicos alternativos que no promueva el amor y la equidad entre la gente. Y si uno no ve claro y obvio que lo que está haciendo tenga esas implicaciones, aplíquese el principio de precaución y no se haga. Si los poderes públicos y privados no se comprometen en esa labor, los científicos y técnicos (sus peones) deberíamos negarnos a participar en “salvar la Tierra”.

No vale la excusa de que un bioquímico trabaje en una semilla transgénica para alimentar al Tercer Mundo si, al menos, no cede su trabajo a un organismo internacional que lo gestione gratuitamente (y se evalúen otras cosas antes, como el impacto ambiental y social de esa nueva tecnología). ¿De qué vale investigar en motores de hidrógeno no contaminantes si esa tecnología va a estar luego controlada por General Motors y cuatro compañías más?…

En estos años he visto a más de un científico de prestigio en el terreno de la sostenibilidad caer atrapado en la espiral de desarrollos tecnológicos que han sido prostituidos por el sistema. Hasta tal punto que un análisis científico externo los calificaría como desarrollos insostenibles. Paradójicamente, siguen defendiéndolos, apoyándose en casos “bondadosos” concretos y ya no son capaces de ver la realidad que les rodea. Paradójicamente, científicos e ingenieros muy inteligentes, al perder la visión global por sus esfuerzos dirigidos a un punto, no son conscientes de que su punto de aplicación hace tiempo que viró, que una fuerza es un vector y no un escalar.

En el mundo de las tecnologías energéticas esto es claro.

Recuerdo que el mundo ecologista veía la industria fotovoltaica con muy buenos ojos, no solo porque era una forma de energía teóricamente limpia, sino porque era descentralizada (un panel en mi casa que me da libertad e independencia). Hoy discuten en España los banqueros que pusieron paneles fotovoltaicos chinos y dinero en esta industria con el gobierno que les quita las primas.

La industia de los biocombustibles y biomasa modernas es el mejor ejemplo de como una esperanza tecnológica se trocó pronto en desesperanza y, sin embargo, hemos perdido y seguimos perdiendo, a buena parte de nuestros mejores expertos en un desarrollo que es hoy ejemplar como paradigma de insostenibilidad, de desastre: baja TRE, erosión de suelos, dependencia de fósiles, elevadísima huella ecológica, etc, etc, etc. (en breve subiremos un borrador de nuestro trabajo sobre el tema, creo que meridianamente contundente).

¿Es inevitable la prostitución? Sí; si no cambiamos el sistema capitalista, la tecnología sóla no hará que el sistema se haga mejor, la tecnología es hoy una estructura más del sistema, y los científicos e ingenieros, en general, unos peones más, la mayoría inconscientes.

Por otro lado, hoy el riesgo no es la desaparición de esta civilización, para mí esto ya es una cuestión de décadas; es más, la discusión tecnológica sería ahora preguntarse qué tecnologías pueden y merecen la pena mantener para la siguiente civilización. En cuanto a las energías, deben ser renovables, claro, pero sencillas y descentralizadas. Quizás no tan eficientes como pensamos cuando lo hacemos al estilo BAU (business-as-usual) inviable: un molino de 100 metros es más eficiente que uno de 3, un panel de silicio policristalino hecho en habitaciones de elevadísima tecnología es eficiente pero quizás inalcanzable para la tecnología apropiada y posible del futuro. Esto significa que el potencial renovable en un mundo post-transición, será menor que el teóricamente aprovechable en un imposible BAU.


Carlos de Castro Carranza

 


Lecciones de Japón

 

Estos años los japoneses y los océanos asisten a las consecuencias de los terremotos, tsunamis y centrales nucleares en Japón. Hemos contemplado cómo el país más avanzado en protección contra los terremotos se resquebrajó. Y Admiramos a los japoneses por su civismo y paciencia.

Bien, supongamos que admitimos ambas ideas, Japón es un país avanzado y cívico; lo que sigue sin duda valdrá para el resto del mundo.

Existen cientos de mojones señalizadores en Japón, algunos de 600 años de antigüedad, formando una línea de precaución.

Escrito en la piedra pone:

“Las viviendas elevadas significan la paz y la armonía de nuestros descendientes… recuerda los desastres de los grandes tsunamis. No construyas ninguna casa debajo de este punto”. Supongo que donde pone casa también vale poner “central nuclear”, ¿no?

 

La red de alerta sigue en pie, las casas, tras el tsunami, no…

Quizás por soberbia y sobre todo por falta de memoria. Ese pueblo civilizado y paciente no hizo caso a las advertencias escritas en piedras para que perduraran siglos.

 

Los japoneses tienen otro problema, como muchos otros países: son los residuos nucleares.

Éstos necesitan ser aislados de los humanos no ya por siglos, sino por milenios. No ha habido ninguna civilización que haya durado más de 4000 años, diez veces menos que lo que los residuos que hoy estamos generando deberán ser “cuidados” por nuestra civilización.

El ejemplo de Japón es claro:

Nuestra civilización desaparecerá –ya lo está haciendo- y dejaremos un peligro que perdurará durante varias civilizaciones. Un peligro que ni siquiera señalaremos con el ánimo de que perdure. Y aunque fuera así, la soberbia y la falta de memoria de las personas del futuro harán que esas advertencias no sirvan para nada.

Pensar en la sostenibilidad del futuro significa no solo pensar en las generaciones del futuro, significa saber que éstas no serán más listas y sabias que las que crearon la red de advertencia frente a tsunamis en Japón. Significa, de hecho, que quizás ni siquiera estén más avanzadas tecnológicamente que lo que estamos ahora.

Claro que a parte de falta de sabiduría y de listeza, nos falta simplemente pensar en el futuro más allá de un par de días. Son ejemplos así los que, frente a nuestra fe absoluta y absurda en la tecnología, nos hace caer en la cuenta de que es imposible salvar ésta civilización, ni merece la pena intentarlo; pues esa misma fe tecnológica nos impide ser más listos, sabios y felices.

Pensar en la sostenibilidad del futuro es pues pensar en qué clase de civilización queremos reconstruir después de ésta.

 

Carlos de Castro Carramza


Dejemos de construir moais

Muchas civilizaciones colapsan. No es algo tan raro. ¿Estamos nosotros colapsando? Desde luego, estamos bajando. Todos los imperios en un momento dado se creen más fuertes y más inteligentes que todos sus antecesores. Todos construyen las torres más altas, las pirámides más grandes, los palacios más ostentosos. Todos llega un momento que sobreexplotan los recursos naturales que los sustentan y entran en profundas crisis.

Algunos no colapsan. Algunos se dan cuenta de que están deteriorando sus tierras y sus bosques y pasan por periodos de profundos cambios colectivos. Los japoneses del siglo XVII tuvieron grandes problemas de erosión debido a la tala de sus bosques. Supieron parar a tiempo, prohibir la corta de madera, no aumentar su población, mejorar su agricultura y llegar al siglo XIX como una nación cohesionada.

Otros colapsan. Los habitantes de la Isla de Pascua reaccionaron, pero justo en la dirección equivocada. Los bosques de palmas empezaron a escasear y las tierras a erosionarse, pero sus creencias los cegaban. Echaron la culpa al enfado de sus dioses y, en lugar de salvar los bosques, se dedicaron a talarlos para construir más estatuas de piedra, o moai,  más grandes todavía en los tiempos de crisis. Acabaron con los bosques, con las tierras, e incluso con la posibilidad de construir barcas de pesca y comer pescado. El último moai, varias veces mayor que el mayor de los realizados, no llegó a ponerse en pie, quedó en la cantera inacabado.

Castilla también colapsó. A todos nos han explicado la historia de aquella poderosa Mesta, a la que los reyes protegían mientras descuidaban la agricultura y la industria. Nosotros hicimos como los pascuenses: dejamos que las tierras se deteriorasen bajo el empuje de las ovejas, talamos los bosques para construir navíos de guerra y salvar el comercio de la lana con Flandes. En lugar de proteger a los campesinos, los arruinamos con impuestos y mantuvimos a hijosdalgos, nobles y curas. En nuestros pueblos se pueden ver los rastros de nuestros moais: enormes iglesias con retablos de oro.

¿Estamos al borde de otro colapso? Estamos cayendo, desde luego. Es hora de hacer lo que hicieron los japoneses: proteger lo más importante, lo más humilde, lo que nos da de comer y es la base de nuestra economía. ¿Estamos salvando lo importante o volvemos a proteger a la Mesta? ¿Por qué salvamos a bancos y empresas constructoras? ¿No deberíamos salvar las pymes, la agricultura y la empresa familiar primero? ¿Qué hicimos con el plan E, sino construir moais en tiempos de crisis, como los pascuenses?

Probablemente estamos al borde de un nuevo colapso, en España y en la economía global. Y no sé si sabremos reaccionar porque, como todos, nos creemos mucho más inteligentes que todas las culturas que han pisado el planeta; y, aunque nos llamamos civilización científica, seguimos regidos por creencias que nos impiden ver la realidad. Los economistas dicen que tenemos que crecer y consumir más, pero… ¿qué es “estimular el consumo” sino malgastar recursos que se están volviendo escasos? Son abrumadores los datos que avisan de que los recursos están empezando a escasear: las tierras están erosionándose, los combustibles fósiles están llegando a sus techos de producción, el avance tecnológico no es capaz de dar sustitutos válidos a las energías fósiles, las pesquerías están colapsando…

Es probable que nos enfrentemos, una vez más, al viejo problema del colapso de las sociedades complejas. Es posible que estemos al borde. Pero todavía no hemos colapsado. De nosotros depende tomar la opción de los japoneses, o de los pascuenses. ¿Qué podemos hacer? Parece claro que lo más importante es no dejarse cegar por creencias e intentar ver la realidad del momento. También es importante no malgastar recursos haciendo moais y tener control sobre las “mestas”, no dejando que los poderosos lleven la sociedad a la catástrofe.
Pero quizá lo más importante es despojarnos de ideas superfluas que adquirimos cuando vivimos épocas de esplendor. Es preciso ver que no son los palacios, catedrales, aeropuertos y AVEs los que nos dan de comer, sino los campesinos, las tierras, la empresa realmente productiva y los recursos naturales. Es preciso recuperar el valor de lo humilde, de lo sencillo, de todas esas cosas que realmente son imprescindibles porque nos alimentan; de todas esas cosas que, en épocas de esplendor, olvidamos.

Marga Mediavilla, publicado en El Mundo, edición Valladolid, 3 de noviembre 2011.