Lecciones de Japón

 

Estos años los japoneses y los océanos asisten a las consecuencias de los terremotos, tsunamis y centrales nucleares en Japón. Hemos contemplado cómo el país más avanzado en protección contra los terremotos se resquebrajó. Y Admiramos a los japoneses por su civismo y paciencia.

Bien, supongamos que admitimos ambas ideas, Japón es un país avanzado y cívico; lo que sigue sin duda valdrá para el resto del mundo.

Existen cientos de mojones señalizadores en Japón, algunos de 600 años de antigüedad, formando una línea de precaución.

Escrito en la piedra pone:

“Las viviendas elevadas significan la paz y la armonía de nuestros descendientes… recuerda los desastres de los grandes tsunamis. No construyas ninguna casa debajo de este punto”. Supongo que donde pone casa también vale poner “central nuclear”, ¿no?

 

La red de alerta sigue en pie, las casas, tras el tsunami, no…

Quizás por soberbia y sobre todo por falta de memoria. Ese pueblo civilizado y paciente no hizo caso a las advertencias escritas en piedras para que perduraran siglos.

 

Los japoneses tienen otro problema, como muchos otros países: son los residuos nucleares.

Éstos necesitan ser aislados de los humanos no ya por siglos, sino por milenios. No ha habido ninguna civilización que haya durado más de 4000 años, diez veces menos que lo que los residuos que hoy estamos generando deberán ser “cuidados” por nuestra civilización.

El ejemplo de Japón es claro:

Nuestra civilización desaparecerá –ya lo está haciendo- y dejaremos un peligro que perdurará durante varias civilizaciones. Un peligro que ni siquiera señalaremos con el ánimo de que perdure. Y aunque fuera así, la soberbia y la falta de memoria de las personas del futuro harán que esas advertencias no sirvan para nada.

Pensar en la sostenibilidad del futuro significa no solo pensar en las generaciones del futuro, significa saber que éstas no serán más listas y sabias que las que crearon la red de advertencia frente a tsunamis en Japón. Significa, de hecho, que quizás ni siquiera estén más avanzadas tecnológicamente que lo que estamos ahora.

Claro que a parte de falta de sabiduría y de listeza, nos falta simplemente pensar en el futuro más allá de un par de días. Son ejemplos así los que, frente a nuestra fe absoluta y absurda en la tecnología, nos hace caer en la cuenta de que es imposible salvar ésta civilización, ni merece la pena intentarlo; pues esa misma fe tecnológica nos impide ser más listos, sabios y felices.

Pensar en la sostenibilidad del futuro es pues pensar en qué clase de civilización queremos reconstruir después de ésta.

 

Carlos de Castro Carramza