El Dragón de Mutriku

Desde hace más de un año ruge a la entrada de la pequeña bahía de Motrico en Guipúzcoa, para asombro de visitantes y locales, lo que éstos últimos han bautizado como el “Dragón de Mutriku”. Podéis escucharlo rugir en el siguiente vídeo:

Existen diversas tecnologías para aprovechar la energía del oceáno: centrales mareomotrices, aquellas que aprovechan la energía térmica oceánica, turbinas maremotrices, unidades de tipo “flotador”, etc.

Este atronador dique es la primera central undimotriz (es decir, que aprovecha la energía de las olas para generar electricidad) que opera de forma comercial en el mundo. Comenzó a funcionar en 2011 y el verano pasado cumplió su primer año. Las expectativas puestas en esta fuente de energía (no nueva, puesto que los molinos de mareas han estado funcionando desde hace siglos en las costas atlánticas europeas, incluidas las cantábricas) son muy grandes, como se puso de manifiesto por la pompa de la inauguración de la central por el propio lehendakari y el interés de la prensa. Incluso la “imprescindible” Agencia Internacional de la Energía se ha interesado por ella en su breve tiempo de funcionamiento.

En principio parece una interesante propuesta estratégica de los gobiernos vascos a través del Ente Vasco de la Energía (EVE) de múltiples objetivos provechosos -volveremos sobre este asunto más adelante-: generar un sector de investigación y productivo en el área de la energía marina -renovable- con la colaboración entre universidad y empresa, así como reducir su dependencia de combustibles fósiles y exterior.

La ola llena la cámara, de forma que el empuje del aire "atrapado" en ésta, a través de la turbina genera electricidad.

El titular de la noticia que enlazábamos más arriba nos puede orientar sobre el potencial y nivel de madurez en investigación y desarrollo de este tipo de energías: “La planta de olas de Mutriku genera en un año la luz que consumen 200 personas”. Está previsto que cuando alcance su funcionamiento óptimo triple la producción, por lo que en términos energéticos se cubrirían las necesidades de unas 600 personas (600 MWh anuales). Para ver de otra forma el orden de magnitud, comparamos con la producción de 1 aerogenerador de 2 MW (los que se instalan habitualmente), a un 23% de factor de carga (media en España en 2011): 460 MWh anuales. Si comparáramos con los aerogeneradores de mayor potencia que ya se están empezando a instalar de 3 MW, la energía producida por un único molino de estas características superaría la generación anual de la central -aún experimental, no olvidemos- de Mutriku.

Los números del párrafo anterior ilustran la inmadurez de esta tecnología; se estima que antes de una década no será generalizable comercialmente [EVE2012]. Sin embargo, debemos también llamar la atención de que estos bajos números se deben a que el potencial para el aprovechamiento de esta energía es relativamente pequeño, comparado con los “más abundantes” recursos renovables eólico y solar -aunque con límites más cercanos de lo que se tiende a creer (por ejemplo, ver en el apartado de “Publicaciones Académicas” los drafts “Global Solar Limit” y “Global Wind Limit“).

El propio EVE proyecta para 2020 una mínima participación de la energía de las olas (que incluye no solo las centrales undimotrices sino otras tecnologías) en el mix eléctrico vasco.

Contextualización en el panorama económico y energético

Por lo tanto, aunque la apuesta estratégica tiene las -a priori grandes- ventajas arriba enunciadas, es necesario contextualizarla en el paradigma energético y económico actual. Todos somos conscientes de que nos encontramos en una crisis económica profunda, que es a su vez agravada (si es que no está  estrechamente relacionada) por una no menos profunda crisis energética, ambas aderezadas por el agravamiento del medio ambiente en general, que ya nos está empezando a pasar factura, y cuyo ejemplo más claro es el del -ya inevitable– Cambio Climático. En 1992 la comunidad científica advertía que si no se actuaba urgentemente introduciendo cambios fundamentales en el sistema socioeconómico no sería posible evitar la colisión de la humanidad con la Biosfera en una o pocas décadas próximas. Hoy, este año, tan sólo dos décadas después, un equipo multidisciplinar de 22 científicos de renombre internacional ha hecho balance y han confirmado las previsiones estimando que prácticamente existe la certeza de que este cambio “abrupto e irreversible” en la Tierra se producirá en algún momento del siglo XXI.

Que la época del petróleo barato se ha acabado no lo duda ya prácticamente nadie (aquí tenéis otro link, aunque basta asomarse a cualquier gasolinera para comprobarlo), ni muchos países productores (que van reconociendo el pico a medida que lo sobrepasan), ni la UE, ni la Agencia Internacional de la Energía. Las posiciones “oficialistas” han mudado súbitamente de un negacionismo inmutable a admitir el hecho casi de forma natural. El conocido como “peakoil convencional”, momento en el que se alcanzó el máximo de extracción de petróleo convencional y que la IEA fechó en 2006, podría ser el primero de una serie de sucesivos picos en el resto de los recursos fósiles: gas, uranio y más lejano, el carbón. (Por no mencionar otros recursos de creciente escasez como el agua o determinados materiales).

Una prueba indirecta pero inequívoca de la escasez de recursos energéticos fósiles a la que nos encaminamos es el interés por nuevas tecnologías que tratan de aprovechar bolsas “residuales” de energía mediante procesos de mucha menor rentabilidad económica, energética y con consecuencias devastadoras para el medio ambiente como el fracking, [Bermejo2012] y que recientemente ha movilizado intensamente a las poblaciones de los territorios afectados en España, principalmente en el rectángulo Cantabria-Palencia-Burgos-Euskadi. Resulta llamativo que tras décadas de extracción de recursos principalmente en el Sur -que podría ser calificado de expolio en numerosos casos-, estas actividades especialmente contaminantes y degradadoras del territorio se estén intentando implementar actualmente también en el Norte.

De nuevo comparando órdenes de magnitud en Euskadi, y dando como válidas “sólo” las reservas de gas declaradas en el yacimiento de Gran Enara en Álava (184.500 millones de metros cúbicos o 184,5 bcm), suponiendo que se extrajera hasta la última “gota” y se empleara para generar electricidad al 50% de eficiencia, se obtendrían unos 1000 TWh, es decir cubriría entorno a 60 veces la demanda en Euskadi del año 2010.

 Por lo tanto, parece ahora más clara la verdadera estrategia principal del Gobierno Vasco (y en general de los sistemas de poder occidentales): la continuación de un modelo basado en el consumo de energías fósiles, con ciertos tintes verdes por razones compartidas de marketing (opinión pública) y de intento de diversificación energética. Y es que, estratégicamente, al menos hasta ahora, las renovables han sido consideradas más como un “complemento” de las energías fósiles convencionales que como sus sustitutas, cerrando la puerta a la transición energética (esperamos ahondar en el futuro sobre esta idea).

  Concluyendo

Nuestro sistema económico es intrínsecamente dependiente de la disponibilidad de flujos crecientes de energía de alta densidad barata: desde la agricultura hasta el transporte (que sustenta a la globalización), pasando por todo el sector industrial y de servicios; energía que hasta ahora provenía de los combustibles fósiles. Pero el fin de este periodo se acerca, nuestra crisis energética la tenemos ahora, por lo que potenciales “parches” que podrían cubrir una porción limitada del mix no antes de una década, podrían aparecer como una “distracción” del problema principal: en economía los tiempos importan.

Con estas palabras no se quiere ni mucho menos despreciar el -auténtico- interés y potencial de la energía marina, que podría ser ciertamente muy interesante en el futuro, pero con estrategias distintas a las promovidas actualmente. Podemos generalizar estas conclusiones para toda tecnología que suponga una inversión significativa -¿distracción?- en tiempo, dinero y “esperanzas para la sociedad” para potenciales relativamente modestos (podríamos pensar también por ejemplo en el coche eléctrico o los biocombustibles).

Por supuesto, si como parece en el futuro próximo viviremos importantes restricciones energéticas, nos tendremos que adaptar a ellas, de forma suave o más abruptamente. Esta transición dependerá de los ritmos de agotamiento y de nuestra capacidad de adaptación, que incluye la innovación tecnológica pero también la social: y para ésta última no existen inversiones multimillonarias que puedan realizarse de un año para otro. Y es en este área dónde más déficit tenemos: nos falta un verdadero debate en el que se forme y participe la ciudadanía. La imposición de la fe en la mejora tecnológica mediante estas “soluciones innovadoras” constituyen además un peligroso espejismo mediante el cual la sociedad, por ignorante, no es consciente de la gravedad del problema.

Porque existe la posibilidad de que esta transición no se realice suavemente, resulta primordial involucrarse y evitar así posibles futuros “Auschwitz” [Amery2002] (si es que consideramos que no se están produciendo ya en algunos países del Sur) o “Soylent Greens“. ¿Por qué no apuntar a soluciones más realistas y sencillas (al menos en términos físicos) como podrían ser políticas que se orientaran a la reducción -absoluta- de las demandas energéticas? Que nuestro sistema económico sea capaz de desmaterializarse sin dejar de crecer está todavía por demostrar, siendo muchos además los que argumentan que un cambio tan radical implicaría necesariamente un cambio de sistema en sí mismo (lo que por otra parte no sería mayor problema, siempre que fuera un cambio “a mejor”). ¿Por qué no tender a decrecer nuestro sistema hasta adaptarlo a la biocapacidad de los ecosistemas manteniendo la prosperidad de las personas? es un campo que ya se había explorado en los 70 y que vuelve con fuerza en los últimos años; esperemos que podamos explorarlos también desde este blog.

Mientras tanto, el Dragón seguirá rugiendo al mar en la bahía de Motrico los próximos años, ¿no nos estará intentando advertir de algo?

 Iñigo Capellán Pérez

Más información:

1- Obra de ingeniería de la Central de Mutriku: http://www.caminospaisvasco.com/Profesion/Obras/central-oleaje-mutriku/central-oleaje

2- “Fracking, una apuesta peligrosa”. Fracking Ez Araba. <http://frackingezaraba.org/2012/09/presentacion-del-monografico-fracking-una-apuesta-peligrosa/>

Bibliografía:

[Amery2002] Carl Amery: “Auschwitz, ¿Comienza el siglo XXI?: Hitler como precursor”.

[Bermejo2012] Roberto Bermejo: “Análisis del gas no convencional: reservas y rentabilidad”, Fracking, una apuesta peligrosa. Fracking Ez Araba. <http://frackingezaraba.org/2012/09/presentacion-del-monografico-fracking-una-apuesta-peligrosa/>

[EVE2012] “Estrategia Energética Euskadi 2020”, Ente Vasco de la Energía. <http://www.eve.es/Planificacion-energetica-e-infraestructuras/Estrategia-E2020.aspx>


Nuestro futuro energético

No tenemos una bola de cristal para ver nuestro  futuro energético, pero  hemos recopilado datos muy diversos y los hemos juntado en un modelo matemático simulado por ordenador. Un modelo de ordenador no es un oráculo, pero ese “recopilar datos diversos y ponerlos juntos” es un ejercicio muy potente porque permite mirar la realidad como desde una avioneta, desde arriba, con una perspectiva global; algo poco habitual en esta sociedad actual, tan compleja y tan especializada.

Hemos usado este modelo matemático para estudiar dos cosas vitales en nuestra sociedad: la energía y la economía. Juntamos los datos del crecimiento económico y la demanda de energía con los estudios de los geólogos acerca de las reservas de petróleo, gas natural, carbón, uranio y energías renovables.

El panorama que se ve desde arriba nos lanza un mensaje muy claro: esto no puede seguir como hasta ahora. No es el mensaje de siempre, no sólo decimos que esto no “debe” seguir porque es perjudicial para el planeta. No. Decimos, simplemente, que nuestros datos muestran que no vamos a continuar por este camino, no es posible. No tenemos petróleo para continuar con el crecimiento económico y los patrones de consumo de las últimas décadas. Algo va a cambiar en nuestra sociedad en esta misma década y de forma muy sustancial.

Según las estimaciones de la mayor parte de los geólogos y según los datos que estamos observando estos últimos años, estamos viviendo el estancamiento y declive de la extracción de petróleo, y no vamos a poder sustituirlo con otras tecnologías. Aunque nadie sabe dónde puede llegar la ciencia en el futuro, sí sabemos que las tecnologías necesitan años e incluso décadas de desarrollo y ya no tenemos tiempo. Los biocombustibles o los vehículos eléctricos, que podrían sustituir ahora mismo al petróleo, son tecnologías muy limitadas, poco más que parches. Parches, además, con efectos secundarios indeseables, especialmente los biocombustibles, que compiten de forma muy preocupante con la alimentación humana.

Ni las energías renovables ni la nuclear van a servir tampoco para superar el declive del petróleo por una razón evidente: estas tecnologías nos proporcionan electricidad, mientras el petróleo es un combustible líquido, muy versátil y ligero, imprescindible para el transporte y la agricultura actuales.

Si el declive del petróleo se espera para esta década, el resto de los recursos energéticos no van a durar mucho más. El gas natural, el carbón y el uranio probablemente encuentren sus declives antes de la primera mitad del siglo. Esto nos dejará sin los combustibles que generan la mayor parte de la electricidad, aunque, en el caso de la energía eléctrica, la sustitución es un poco más sencilla porque el declive del carbón, gas y uranio no es tan inminente y las energías renovables están más desarrolladas.

Aunque el mensaje dominante en los medios de comunicación y en los discursos políticos huye de estos temas y nos invita a pensar que vivimos en un mundo de recursos naturales y energía prácticamente ilimitada, cada vez son más los estudios científicos que exponen conclusiones similares a las nuestras. Dice mucho de la clase de políticos y medios de comunicación que tenemos el que una noticia de esta envergadura se encuentre en las publicaciones científicas, en informes europeos y en notas marginales de los periódicos, pero esté ausente de las primeras planas y los debates electorales.

En las próximas décadas vamos a experimentar el declive de la mayor parte de los recursos energéticos a los que estamos acostumbrados y la sustitución no siempre va a ser posible. Lo más probable es que tengamos que conformarnos con consumir significativamente menos energía de la que usamos ahora. Si bien es cierto que existen formas de satisfacer las necesidades de los habitantes del planeta consumiendo bastante menos, no es menos cierto que llevamos siglos incrementando nuestro consumo y tenemos una enorme inercia que nos empuja en dirección completamente opuesta al ahorro.

Asumir el reto de la crisis energética supone enfrentarse a un gran cambio global, un cambio en la industria, la agricultura, el transporte, el urbanismo y la vivienda, pero, sobre todo, un gran cambio de mentalidad colectiva que necesitará del  abandono del consumismo y el crecimiento como pilares de la sociedad. Es preciso que todos vayamos tomando consciencia del problema cuanto antes y asumamos la necesidad del cambio, ya que el declive de los recursos no es una opción. Si nuestras sociedades no son capaces de aplicar medidas de ahorro, la disminución de recursos se hará de igual manera y serán la pobreza, la desigualdad y la recesión económica quienes, probablemente, se encarguen de disminuir el consumo energético.

Margarita Mediavilla Pascual, marzo 2012.

  • Un borrador del artículo que describe el modelo y  los resultados de forma detallada en castellano se puede descargar aquí.
  • La referencia del artículo publicado en Energy Policy es:

The Transition toward renewable energies: physical limits and temporal conditions, Margarita Mediavilla, Carlos de Castro, Iñigo Capellán, Luis Javier Miguel, Iñaki Arto, Fernando Frechoso. Energy Policy, vol 52, enero 2013, páginas 297-311. (Accepted Author Manuscript available for download here).