Gobernantes con cataratas y casas okupadas

Hace unos años, cuando pensábamos que la burbuja del ladrillo iba a estallar, el petróleo iba a seguir subiendo y la crisis económica era inevitable, reflexionábamos acerca de cómo podríamos adaptarnos para que el golpe fuera lo menos doloroso posible.

Pensábamos que para ello había que proteger lo más importante: el empleo, los servicios sociales, la vivienda, la sanidad, la cultura… Además creíamos que había que aprender a vivir de otra forma, usando menos recursos naturales pero consiguiendo más satisfacciones humanas. El camino no podía ser otro que el “menos es más”: necesitar menos para vivir mejor. Teníamos que aprender a movernos, divertirnos, curarnos y alimentarnos de otra manera, cambiando el consumismo derrochador por la solidaridad y el contacto entre las personas.

Pero el futuro se ha hecho presente y casi nadie estaba preparado para ello.

Y han llegado algunos jóvenes intentando sobrevivir en ese futuro que ya es presente buscando centros sociales autogestionados donde cubrir sus necesidades básicas de contacto personal, ocio creativo, cultura y vivienda con poco dinero y mucha ilusión; aprovechando las cosas y las casas que no se usan para compartirlas y reutilizarlas y reciclarlas.

Pero nuestros gobernantes siguen guiándonos hacia el futuro, el mismo futuro al que nos guiaban en el siglo pasado, sin pararse a observar los colores del siglo nuevo, porque sus ojos están llenos de cataratas y no los ven. Y esos gobernantes del pasado nos siguen guiando hacia un mundo lleno de grandes centros comerciales, grandes empresas transnacionales, grandes bancos y grandes burbujas especulativas. Y cogen a los jóvenes y les rompen sus reciclados y reutilizados sueños de futuro humano y solidario y los tiran a la basura. Son sueños inservibles, dicen con la arrogancia que les caracteriza, cosas del pasado contrarias al progreso.

Y esos gobernantes se piensan que nos llevan al futuro. Y lo peor es que muchos de nuestros vecinos les votan y también se piensan que vamos al futuro. Pero no se dan cuenta de que ese futuro es el futuro del siglo pasado y además vamos guiados por gobernantes con los ojos blancos de cataratas.

Marga Mediavilla

 

 


El 15M y la Tierra ¿miramos hacia abajo?

¿Por  qué  ha  surgido  con  tanta  fuerza  el  15‐M?  Debía  de  haber  un  resorte    por  ahí
escondido en la sociedad española que ha estado durante años acumulando tensión, y
finalmente, se ha liberado. ¿Qué era? quizá  una cosa muy sencilla: que desde arriba
llevaban  mucho  tiempo  explicándonos  el  mundo  en  base  a  unos  moldes,  y  hemos
empezado  a  ver  que  la  realidad  que  vivimos  no  cabe  dentro  de  ellos.    Tanto  en  la
política, que se había reducido prácticamente a una lucha entre “tribus”; como en la
“incomprensible”  economía, se nos incitaba a no pensar y dejar que nos resolvieran
los problemas. Pues bien, ha llegado el momento que en que lo hemos visto claro: eso
no funciona, las explicaciones simplistas que nos dan no nos sirven y además “desde
arriba” no están arreglando siquiera los problemas.

Y ahora que el espejismo se ha roto ¿podemos encontrar  un modelo de la economía y
la  sociedad    suficientemente  amplio  para  explicar  nuestro  mundo?  ¿Tenemos  ideas
que    nos  ayuden  a  entenderlo  e  interpretarlo?  A  mí  me  gustaría  intentar  abrir  una
ventana que nos ayude a hacerlo, y para ello me parece esencial en estos momentos
mirar hacia  la tierra, y hacerlo desde dos puntos de vista: la tierra como aldea global
humana y la tierra como planeta que nos sustenta.

Los intentos del 15M de exigir justicia social  y democracia pueden quedar en agua de
borrajas si no somos capaces de ver un hecho incuestionable: la política y la economía
se alejan de los ámbitos nacionales porque hace ya años que la empresa y las finanzas
son globales. Las rebajas en los derechos sociales del pacto del euro, por ejemplo, no
son  sino  un  intento  de equiparar  a los  trabajadores  europeos  con  los  “competitivos”
trabajadores  de  los  países  en  desarrollo,  que  tienen  condiciones  de  trabajo
completamente desreguladas y en muchas ocasiones ni siquiera poseen sindicatos. Si
asumimos  que  no  hay  más  alternativa  económica  que  el  actual  mercado  global
desregulado, esta tendencia es muy lógica.

El  movimiento  alterglobalización,  hace  años,  proponía  alternativas  a  este  mercado
global desregulado, como la exigencia de que la liberalización de los mercados fuera de
la  mano  de  derechos  laborales  similares  en  los  países  productores  y  consumidores,
para evitar el “dumping social”. Desgraciadamente estas reivindicaciones en su día no
despertaron  demasiada  atención,  entre    los  partidos  políticos  y  sindicatos,  pero
tampoco  entre  los  ciudadanos  de  a  pie.  Durante  años    hemos  permanecido  pasivos,
beneficiándonos de las manufacturas baratas del sur, pero  ha llegado el momento en
que esa pasividad no nos vale y debemos tomar en serio la creación de una solidaridad
entre  los  trabajadores  de  todo  el  planeta  para  la  defensa  de  los  derechos  básicos.
También  quizá  es  ahora  el  momento  de  tener  en  cuenta  ideas  que  se  han  utilizado
muy  poco  durante  años,  como  el  poder  del  consumidor  bien  informado  que,  con  su
compra, promueva  unas relaciones laborales justas y un respeto al medio ambiente.

Si los sindicatos han fracasado defendiendo al trabajador es posible que no haya sido
sólo por su corrupción o porque no sean una herramienta válida, sino porque no han
querido encarar estas dos realidades: la necesidad de buscar la solidaridad global y la
necesidad  de  incorporar  nuevas  formas  de  lucha.  Asimismo,  enfoques  globales  y
solidaridades  internacionales  parecen,  a  todas  luces,  indispensables  a  la  hora  de
abordar reformas del sistema bancario o el sistema político como las que propone el
15M.

La segunda mirada que propongo va hacia abajo: hacia la tierra material y el planeta
fisico‐biologico.  Es  obvio  que  nuestra  economía  requiere  para  su  funcionamiento
grandes  cantidades  de  recursos  naturales.  Las  doctrinas  liberales  hablan  de  que  las
economías  evolucionan  requiriendo  menos  materiales  y  energía,  pero  los  estudios
realizados y la realidad de estos últimos siglos demuestran que esto no es cierto y, por
ello, crecimiento económico es prácticamente sinónimo de crecimiento material. Esto
es  muy  preocupante,  porque  los  expertos  nos  están  avisando  de  que  numerosos
recursos naturales están llegando a su máximo de extracción, cuando no a su declive.
Este declive se siente especialmente en el campo energético, porque el petróleo está
sufriendo  un  estancamiento  de  la  produccion  desde  el  año  2005,  sin  que  los
biocombustibles,  los  crudos  de  baja  calidad  o  los  vehiculos  electricos    puedan
compensarlo,  porque técnicamente están lejos de ofrecer las mismas prestaciones y
son  soluciones  muy  limitadas.  Los  fosfatos,  las  pesquerías,  los  bosques  o  el  agua
potable son recursos donde restricciones similares se están también encontrando ya.
Esto pone a la humanidad en una tesitura muy dificil, ya que nos estamos enfrentando
a los límites de crecimiento material y nuestra economía se basa en el crecimiento. No
es en absoluto descabellado pensar que todos estos límites tienen mucho que ver con
la actual crisis económica.

Gestionar  un  mundo  global  y  donde  los  recursos  estan  en  declive  va  a  ser  una  tarea
compleja  y  va  a  requirir  una  transición  difícil.  Ni  el  15‐M  ni  ningun  otro  movimiento
social  que  aspire  a  dar  respuesta  a  las  necesidades  de  los  ciudadanos  del  siglo  XXI
puede permanecer ajeno a esta enorme realidad. Para poder repartir bien este pastel
que cada vez se nos está haciendo más pequeño, nos van a hacer falta reflexiones muy
profundas acerca de qué es eso que consideramos desarrollo. Este tipo de reflexion ya
ha surgido en algunos países en circulos ligados al ecologismo y a movimientos sociales
como  el  decrecimiento,  las  ciudades  en  transicion,  el  movimiento  slow  o  el  “buen
vivir”.

Merece mucho la pena que el 15‐M se enfoque hacia estas dos miradas a la tierra y
escuche lo que tanto la alterglobalización como el decrecimiento tienen que decir. De
no  hacerlo, es  posible  que  el  15M   decepcione,  por  no  sea  capaz  de  dar  respuesta  a
toda la indignación que ha salido a flote; pero, si es capaz de hacerlo, este movimiento,
al  igual  que  otras  manifestaciones  que  están  surgiendo  en  el  planeta,  podría
convertirse en una fuerza importante que nos permita avanzar hacia un nuevo modelo
de desarrollo global.

Margarita Mediavilla Pascual, septiembre 2011.