¿Lograremos evitar el colapso ecológico-social?

La respuesta simple y directa a la pregunta es No.

Y una razón es porque todo sistema que crece exponencialmente se enfrenta antes o después con algún tipo de límite natural (sea una reacción nuclear en cadena, el crecimiento de población bacteriana en una placa petri o el uso de energía, producción industrial, uso de agua o población humana).

 

Si se sobrepasan los límites temporalmente, es inevitable el colapso (línea roja) o la oscilación (línea amarilla), en general además se deteriora el límite y este disminuye al aproximarnos al límite y sobrepasarlo (oscilación decreciente).

 

  • Así hemos sobrepasado el límite de concentración de CO2 en la atmósfera y hoy estamos en las 400ppm.

 

  • Hemos sobrepasado el límite del indicador (conservador por lo demás) de la Huella Ecológica que es inferior a 1 pues no podemos usar toda la Tierra en beneficio exclusivo humano, necesitamos una biosfera “natural”, y además, como estamos degradando los ecosistemas, este límite va disminuyendo (menos bosques o suelos productivos, más desertización, etc.), hoy nuestra Huella Ecológica supera el 1,5 (necesitaríamos 1,5 planetas Tierra para estar por debajo del límite y cálculos propios menos conservadores y optimistas que los que utiliza este indicador nos situarían en la necesidad de 3-10 planetas como el nuestro).

 

  • Hemos aumentado la tasa de extinción de especies entre 100 y 1000 veces (tasa que se está acelerando con el caos climático) a niveles que superan las extinciones masivas del pasado.

 

  • Tenemos una desigualdad entre humanos enorme, y recientes modelos sitúan este hecho como un problema que lleva a hacer casi inevitable el colapso .

Y hay más que veremos en otros posts.

Y si cada grupo de expertos ve gravísimos problemas en su ámbito, el problema mayor es que estos sobrepasamientos se realimentan positivamente unos a otros. Haciendo ya inevitable un descenso rápido de las variables en juego (energía, producción industrial, productos de la fotosíntesis, agua, suelos y, finalmente, población).

 

Carlos de Castro Carranza


Documental – “Fractura, la maldición de los recursos”

Difundimos el documental “FRACTURA: LA MALDICIÓN DE LOS RECURSOS” (30 min.), que aborda la problemática de la escasez de recursos energéticos en la actualidad y acerca al gran público el concepto del Fractura hidráulica (Fracking) y sus consecuencias medioambientales. Made in Euskadi, cuenta además con la participación de nuestra compañera Margarita Mediavilla.


Pensamiento sistémico y dinámica de sistemas: ¿Renovablequé?

Un esquema de realimentaciones típico del pensamiento de la dinámica de sistemas:

Algunas respuestas ante el problema del pico del petróleo (que nos preocupa sobre todo por su impacto sobre la economía) están siendo tecnológicas (o geopolíticas, pero ninguna va al problema raíz).

El fracking y los biocombustibles son repuestas energéticamente absurdas y económicamente caras además de ecológicamente negativas.

El carbón no sustituye directamente al petróleo y es un desastre ecológico.

Sólo las Renovables (también caras) son una respuesta interesante para resolver el problema del clima, pero pueden (lo hacen ya) generar otros problemas; y lo hacen porque son tecnologías que se están tratando de aplicar en el mismo esquema de mitos culturales que son los que generan el problema raíz.

 

La dinámica de sistemas con un esquema mental como el de la figura anterior, pensaría primero en las realimentaciones y trataría luego de cuantificarlas:

Léase así: el peak oil (pico y posterior descenso del petróleo) tiende a llevarnos al pico económico (pico y posterior descenso de la economía mundial). La respuesta inicial a eso es un incremento en el uso de biocombustibles, carbón, técnicas de fracking para aumentar la producción de petróleo, y renovables. Más biocombustibles implican más desigualdad, caos climático y acercamiento a los picos y posteriores descensos del agua, de los suelos y de la biodiversidad (nuestro Grupo ha demostrado, por ejemplo, que la Huella Ecológica de los biocombustibles actuales es más del doble que la Huella Ecológica de los combustibles fósiles por unidad de energía neta proporcionada). La desigualdad está aumentando gracias a los biocombustibles, por ejemplo al acaparamiento de tierras en el Sur por parte de empresas y gobiernos del Norte o de países “emergentes” (China, Emiratos, Arabia Saudí…). Y uno podría esperar lo mismo de proyectos solares y eólicos en un futuro cercano (?o es que el proyecto DESERTEC no quiere acaparar desiertos africanos para servir los interese europeos, y este neo-colonialismo ya lo hemos vivido cientos de veces como para saber donde conduce?). El mundo real es sistémico y no una ensoñación tecnológica.

Sólo la respuesta renovable (viento y solar) de entre las “soluciones” energéticas que se están dando tiene una realimentación buena hacia uno de los problemas, el caos climático (lo que no significa que no puedan influir en el clima dependiendo de su escala), pero está generando o puede hacerlo, aumentos en otros problemas. Por ejemplo, la ocupación directa de suelos o el uso de minerales que requieren éstas energías es superior a las que requieren las energías fósiles por unidad de energía neta que proporcionan a la sociedad. La complejidad tecnológica de un parque solar o eólico es mayor que la de una central térmica de carbón, lo que hoy implica que en vez de ser una fuente energética descentralizada social y económicamente sea lo contrario (casi todos los países y ciudadanos tenemos sol suficiente, pero no los minerales y la tecnología necesarios, la dependencia no es menor -es otra- que la que genera la geografía del petróleo). El viento es compartido (si lo frenas en los pirineos no lo disfrutarán igual los franceses) como los ríos. Las renovables están surgiendo en el mismo esquema mental y cultural que conduce al desastre humano, lejos de ser solución hoy son parte del problema.

 

Quizás porque queremos que el Titánic no se hunda, muchos movimientos de Transición ven sólo el peak oil y el climatic chaos, y ojalá fueran los únicos dos problemas, porque las renovables podrían intentar solucionar parcialmente ambos. Pero no es así.

 Carlos de Castro Carranza


Biología y economía versus física, geología, sociología, ecología, antropología, psicología y el resto: Implicaciones para el colapso civilizatorio.

En física hay cuatro fuerzas fundamentales y algunos factores limitantes:

Las fuerzas son: gravedad (Newton, Einstein), electromagnetismo (Faraday, Maxwell, Einstein), nuclear fuerte y nuclear débil (la cuántica de Planck, Einstein, Bohr, Heisenberg).

Algunos factores limitantes importantes son:

Las leyes de la termodinámica: conservación de la energía, ley de la entropía…

La velocidad de la luz en el vacío (no superable para trasladar energía, materia o información).

Y algunas otras más.

Es posible que existan más fuerzas fundamentales y leyes limitantes relacionadas con la materia y la energía oscuras. Estamos abiertos y ansiosos a la incorporación de nuevas fuerzas.

 

En la geología terrestre hay varias fuerzas fundamentales y algunos factores limitantes.

Entre las fuerzas tenemos:

-          Calor,  radiactividad, fricción (explican las fuerzas implicadas en la tectónica de placas y la deriva continental. Wegener)

-          Gravedad terrestre y mareas

-          Meteorización (a través de la energía solar y la biosfera)

-          Ser humano (a través de la energía de los combustibles fósiles sobre todo)

 

La cosa es más compleja en geología que en física por la sencilla razón de que los átomos son más sencillos que la Tierra. Y el movimiento de los planetas y sistemas grandes es más sencillo de describir porque la fuerza principal que los dirige es la gravedad (y quizás otra fuerza desconocida aún a escala galáctica).

 

Aún así, para el caso de la geología tenemos suficiente conocimiento de las fuerzas directoras como para ser capaces de predecir cómo estarán los continentes dentro de 500 millones de años. No necesitamos reducir (sería imposible además) las fuerzas geológicas a fuerzas físicas, aunque sepamos, por ejemplo, que las fuerzas de fricción “en último término” son una emergencia de fuerzas electromagnéticas limitadas por la estadística. Es una ciencia compleja con relaciones complejas y que se relaciona con otras ciencias (física, química y biología).
Pero eso sí, la geología es menos compleja que la biología o la psicología.

 

En psicología humana, por ejemplo, se reconocen también muchas fuerzas fundamentales; por ejemplo, Freud reconoció el sexo como una fuerza fundamental y pecó en exceso al pensar que casi era la única. Hoy sabemos que existen otras, entre las cuales podemos destacar el amor. Claro, la psicología humana es muy compleja, y es de esperar que tenga muchas fuerzas fundamentales y muchos factores limitantes (son las decenas de “sesgos” psicológicos identificados por los psicólogos y de los que hablaré en otro post). Los psicólogos saben que no debe reducir todo al cerebro reptiliano si quieren explicar el comportamiento de las personas. Claro. Y saben que nuestra mente se apoya en emergencias que surgen de las fuerzas electromagnéticas de nuestras neuronas y que sería absurdo reducirlo todo a ellas. En cualquier caso, la psicología actual está abierta a otras disciplinas como la neurología.

 

En la biología, en cambo, existe una sola fuerza fundamental reconocida: la selección natural (Darwin). Y algunos factores limitantes como la dinámica de poblaciones, la capacidad de reproducción o los recursos existentes. La variabilidad no es reconocida como una fuerza fundamental, sino como otro factor limitante más, dado que no está dirigida por ningún proceso. Es decir, el cambio es aleatorio (la mutación de genes no tiene propósito o dirección adaptativa), algo así como la aleatoriedad en cuántica (que es un factor limitante pero no una fuerza directora fundamental). Hablo del neodarwinismo, no de teorías alternativas como el neolamarkismo, que reconocería una segunda fuerza fundamental: el propósito o la dirección del cambio buscando la adaptación (fuerza admitida y desarrollada por Lamarck, Darwin –sí, Darwin- y Kropotkin).

 

De hecho, de la fuerza fundamental reconocida, la selección natural, ni siquiera se conoce su criterio, fórmula matemática o las fuerzas físicas o de otro tipo que en una visión reduccionista darían lugar a la fuerza biológica a través de emergencias. Es decir, la biología estaría basada en ella misma, ya que la selección natural es una fuerza sin conexión con fuerzas físicas o de otra índole, una emergencia que no sale de ningún otro sistema que no sea ella misma.

 

Es decir, no existe un criterio absoluto de selección natural, con lo que el sistema es impredecible. No podemos prever las características generales de los vivientes de dentro de 500 millones de años, ni por aproximación (aunque en realidad sabemos, contemplando la historia evolutiva, que habrá seres mucho más complejos que las aves o los mamíferos).

 

Es cierto que ha habido loables intentos de encontrar el criterio selectivo (sin él, la teoría roza la tautología y por tanto no es científica), pero paradójicamente buscados frecuentemente fuera de la biología hecha por biólogos: Lotka habló de minimizar el consumo energético o de maximizar la potencia energética (lo que la conectaría con la física). Otros hablan de maximizar la producción de entropía, o la complejidad, pero en general tiende a haber incluso oposición a estas ideas por parte de muchos neodarvinistas.

Y cuando se han buscado otras fuerzas fundamentales (e.g. teoría Gaia), el criterio ha sido reducirlas a la única fuerza fundamental que se admite y desea: la selección natural.

 

Extraño desde un análisis histórico de la ciencia, extraño desde un análisis lógico y filosófico del campo científico, extraño desde otras ciencias y extraño incluso desde hechos observacionales.

O debería.

 

En realidad la cosa es aún más compleja y no tan ofensiva para los biólogos como pueden hacer parecer mis palabras. En realidad, los biólogos sí hacen ciencia y muchos, buena ciencia, pero se hacen trampas al solitario. En realidad no creen en su teoría, saben que el objeto de su estudio es mucho más complejo, saben que los animales hacen las cosas con propósitos, se preguntan todo el rato por el sentido de tal o cual acción que observan, saben que los organismos se coordinan para formar ecosistemas, saben que dentro de 500 millones de años habrá organismos muchísimo más complejos que las aves, etc. Su paradigma mental no es neodarvinista aunque su teoría última y única sea esa. Saben que lo propio sería tener una teoría orgánica, emergente, holista e indeterminista, en vez de una teoría mecánica, reduccionista, determinista y aleatoria que es la visión del neodarwinismo. Luego, matizan y matizan (añaden epiciclos) para explicar desde la teoría lo que saben y observan.

 

Para añadir más complejidad al caso, debemos decir que los físicos no somos mejores, pues nos tiende a pasar exactamente lo contrario: hemos generado teorías como la cuántica y la relatividad o los sistemas termodinámicos complejos y alejados del equilibrio, donde se tambalean todos los mitos mecanicistas, deterministas y reduccionistas, a la vez que nuestros paradigmas mentales suelen ser los propios de la física de Newton (quien a su vez veía el mundo lleno de propósitos, como un organismo). ¿Alguien conoce a gente con más disonancias cognitivas que los científicos?

Por otro lado, aquellas disciplinas que se pretendan montar sobre los pilares de la biología, adolecerán del problema de que ésta se apoya solo en una única fuerza que lógicamente no puede explicar casi nada de un objeto de estudio tan complejo.

 

Así, una parte de la sociología y de la antropología se han querido montar a partir de su reducción biológica (e.g. sociobiología). Y claro, la mayoría de los sociólogos y antropólogos se han opuesto, no porque identificaran la debilidad de apoyarse en una teoría de bases tan débiles, ni siquiera porque rechazaran de plano el método reduccionista, si no porque no cuadra con sus observaciones. Sólo los sociobiólogos, empeñados en explicar todo desde una única fuerza sin criterio (y por tanto, capaz a posteriori de explicarlo todo) fuerzan el encaje observacional, ven lo que quieren ver.

 

Pasó en física con los epiciclos de las órbitas planetarias, y pasó con el psicoanálisis, hoy considerado por la mayoría de los psicólogos como una rama no científica. Después de todo, al psicoanálisis le pasó que explicaba todo y no predecía nada, como pasó en astronomía con las observaciones planetarias y sus epiciclos (fue Halley el que primero predijo basado en la comprensión de las fuerzas de Newton y no en simples extrapolaciones del pasado que frecuentemente fallaban). Ambos, geocentrismo y psicoanálisis fueron superados cuando se hizo ciencia más compleja y relacionada.

 

Lo paradójico es que en biología esto no haya pasado, aunque es más antiguo Darwin que Wegener o incluso que el “geocentrista” Freud.

 

La razón histórica, no reconocida aún  por la mayoría de los biólogos, es que hay otra disciplina científica muy fuerte basada en la misma y única fuerza fundamental: la economía capitalista liberal. En realidad son indistinguibles, una se aplica a los seres vivos, en especial a los animales y su eco-logía, y la otra a los humanos y sus empresas: eco-nomía. Marx desde la economía y Kropotkin desde la biología, ya se dieron cuenta de esa conexión entre disciplinas y de su excesiva simplicidad en el siglo XIX.

 

La economía, la mayoritariamente implantada, ni siquiera reconoce factores limitantes externos a ella (ni de la física –e.g. entropía-, ni de la ecología –Tierra plana finita-, ni de la geología –e.g. pico del petróleo-, etc.), es una ciencia sin consistencia externa, que no se comunica con el resto de ciencias.

 

Wegener descubrió nuevas fuerzas fundamentales en una geología que ya sabía de la meteorización y de la gravedad, pero que necesitaba un salto cualitativo añadiendo nuevas fuerzas.

Los psicólogos descubrieron nuevas fuerzas fundamentales en la psicología además del sexo y se dieron cuenta del carácter tautológico e impredictivo del psicoanálisis (Khun dijo que no era falsable, Bunge mostró que no tenía consistencia externa, que no reconocía al resto de las ciencias, como le pasa a la economía clásica y a la selección natural).

Copérnico y Kepler eliminaron la necesidad de explicarlo todo con epiciclos y así superaron problemas similares que aparecerían posteriormente en el psicoanálisis, la biología y la economía; el trabajo lo remató Newton. Fueron los primeros.

 

Esta transición ha pasado en todas las disciplinas menos en dos: biología y economía.

Necesitamos con urgencia a los Khun, Bunge, Marx y Kropotkin que denuncien esto, y necesitamos también a los Wegener, Einstein, Wundt y Durkheim en esas dos disciplinas, pero sobre todo, necesitamos que se les deje hacer ciencia (porque por ahora se les arrincona). Recordemos a Galileo y su famoso enfrentamiento con la Iglesia. O a Wegener, que murió sin ser reconocido.

 

Es entendible que cambios profundos requieren tiempos largos de adaptación humana. No es entendible en cambio (desde la lógica) que en biología o economía se esté tardando tanto tiempo. De Newton a Einstein, de Hutton a Wegener, de Wundt a la Gestalt, pero de Darwin a… a Darwin encima sin Lamarck, no hay más, porque si Darwin identificó dos fuerzas evolutivas, ahora solo se reconoce una. Y de Smith a… al Fondo Monetario Internacional, es decir, seguimos con las misma única fuerza en economía. Nos bastó poner la palabra neo (neodarwinismo, neoliberal) para incluso retroceder. No nos engañemos, añadir matemática compleja es falaz sin base real (pasó también en el psicoanálisis y en algunos intentos despistados de sociología –caso Sokal por ejemplo-). La economía neoliberal y el neodarwinismo tipo “gen egoísta” (Dawkins), son en realidad grandes casos Sokal.

 

Pero en nuestro particular momento histórico tenemos además prisa, porque necesitamos cambios urgentes en esas dos disciplinas. En la economía parece obvio, porque son sus pies (a patadas) las que nos llevan a la desigualdad y el colapso civilizatorio.

 

En la biología no es tan obvio, pero a medio plazo, es más importante incluso que en la economía, precisamente porque casi nadie ve que acompaña a la economía en el mismo viaje –y eso incluye a la mayoría de los que lo ven ya obvio en la economía- y, sobre todo, porque su visión reducida del ser humano y del resto de la naturaleza, nos impide ver más allá de horizontes pesimistas.

 

Nuestro pesimismo existencial, ese que solo tiene relativa fe en soluciones tecnológicas al colapso de nuestra civilización y que no cree que podamos hacer una Revolución Solidaria (esta vez con la energía del amor) como respuesta a ese colapso, se basa en buena medida en una forma de ver al ser humano egoísta, competitivo, dominado por la sed de sangre cuando los recursos son escasos, es decir, bajo la miopía del darvinismo neoliberal.

 

Carlos de Castro Carranza

 


Crecimiento hiper-exponencial de la energía o de cómo es inevitable ahora un cambio radical en la Historia humana

El pequeño ejercicio de análisis histórico de las siguiente líneas pretende dar una pista de porqué vivimos una de las generaciones humanas más especiales de toda la Historia Homo y una intuición de porqué nos espera un “tortazo” de proporciones gigantescas.

El género Homo lleva controlando el fuego desde hace un millón de años. A partir de ese momento es de suponer que los Homo lo fueran utilizando para cada vez más cosas. Iluminación, calefacción, fabricación de útiles y herramientas y cocina.

El fuego fue la primera gran revolución energética humana que lo cambió todo. Nos cambió a nosotros y cambió el mundo.

Gracias al fuego, las puntas de las lanzas de madera se podían endurecer, lo que nos permitió cazar animales más grandes. El fuego ayudó también en la caza, al espantar y cercar a las presas. También nos calentó e iluminó las noches. Y al hacerlo, inventamos los cuentos a la luz de la hoguera y nos ayudó a socializarnos aún más.

Además, nos permitió cocinar los alimentos, que es una forma de pre-digerirlos: carnes y almidón se incorporaban al organismo con menos gasto energético de la digestión. Esto nos permitió llevar energía metabólica del estómago y de los intestinos al cerebro y las manos. Nos modificó no solo a nivel cultural y social, sino a nivel fisiológico y evolutivo (sí, ese es el poder de la tecnología).

La energía solar, convertida en química en las plantas y luego en calorífica al quemar leña, nos permitió todo eso.

 

Supongo que durante cientos de miles de años el fuego fue un complemento energético en aumento, pero quizás, hace 100000 años, cuando una rama del Homo, la llamada sapiens y seguramente también la neanderthal lo utiliza, cada humano podría estar consumiendo uno o unos pocos kilos de leña diarios, dependiendo mucho de factores climáticos (inviernos crudos), de alimentación (frugívora o cereal-carnívora) etc. Un kilo de leña incorpora algo más de 10 MJulios de energía. Si suponemos un consumo de un kilo diario como fuente energética extrasomática, hablamos de una potencia extrasomática de unos 125W. Antes de controlar y usar el fuego como fuente energética, éramos energéticamente hablando como cualquier animal. Un Homo de hace un millón de años, con solo su metabolismo, tenía una potencia de menos de la mitad. Hablaríamos en grueso de 60W que duplicamos con el tiempo y la ayuda del calor del Sol hecha leña.

La siguiente gran revolución energética ocurrió hace unos 10000 años, con la agricultura-ganadería, nos cambió y cambió el mundo, otra vez. Primero domesticamos el lobo (los primeros intentos hace 30000 años), cuya energía aprovechamos a cambio de que él transformara la energía de otro animal; pero como esto no era eficiente, cambiamos sin quererlo genéticamente al lobo para convertirlo en un perro capaz de digerir mejor el almidón.

La agricultura necesitó de la energía del caballo o del buey y también empezamos a regar pronto, controlando la energía hidráulica. Necesitamos más leña y añadimos energía muscular externa. Es decir, que nuestra agricultura requirió quizás duplicar otra vez la potencia externa, hasta los 250 W, cuatro veces más que nuestro metabolismo: En Egipto, Mesopotamia y China, el regadío usó el potencial gravitatorio del agua, usó la energía animal para moler los primeros molinos (“de sangre”), usamos el calor de la leña para cocinar pero también para ahumar y conservar. El caballo permite dar una potencia de “un caballo de vapor”, algo más de 700W (y requiere esa potencia en promedio en forma de alimento digerible). Por supuesto, no había tantos caballos como personas, por lo que esa potencia había que dividirla entre la posesión per cápita y las horas que el caballo no trabajaba. El caballo (o buey, o mula, o burro o llama o camello) multiplicó la productividad de la agricultura y, especialmente, de las guerras. Cuando pasamos de la edad de bronce a la del hierro, se “populariza” la guerra al tiempo que se destruyen los matriarcados definitivamente.

Seguimos aumentando nuestro consumo energético, aumentamos el número de animales a nuestro servicio, comenzamos a usar la energía gravitatoria del agua en molinos y hace unos mil años empezamos a añadir también el viento. Poco a poco añadíamos nuevas fuentes energéticas, el carbón se lleva usando más de dos mil años para la industria del hierro y cobre. Nuestra domesticación hace 1000 años ya superaba la masa de los humanos sobre el planeta. Pero la biomasa vegetal seguía siendo la principal fuente energética.

En la Europa de Córdoba o en la China de Hangzhou se podría estar consumiendo 500 W per cápita o más. Córdoba y Constantinopla con más de medio millón de habitantes o Hangzhou que superó con creces el millón debieron requerir un flujo constante y grande de energía “extra-civitica”. En China hace mil años más del 10% de la población vivía en “ciudades” de más de 2000 habitantes. En la Europa musulmana y cristiana y en Oriente próximo, el metabolismo de las ciudades requería flujos grandes de energía.

Hace un siglo, al comienzo del siglo XX, habíamos añadido las energías fósiles como forma energética mayoritaria y aprendíamos a usar el vector de la electricidad: 1000 W. Otra duplicación más. La Revolución Industrial ya era la segunda, estaba madura. Volvimos a cambiarnos y también al mundo.

A comienzos del siglo XXI consumíamos más de 2000 W per cápita.

Es decir, resumiendo y muy grosso modo:  hace una década 2000W, hace un siglo 1000W, hace un milenio 500W, hace diez milenios 250W, hace cien miel años 125W y hace un millón el metabolismo de 60 W. Esto no es un crecimiento exponencial, es hiper-exponencial. Y esa función (duplicar el consumo energético en cada vez diez veces menos tiempo) se ha cortado ya (si no fuera así, hace un año habríamos duplicado los 2000W, consumiendo 4000W, hace un mes estaríamos en 8000W, antes de ayer superaríamos los 16000 W, hace unas horas estaríamos en 32000 W. Absurdo sí, pero algo radicalmente ha tenido que cambiar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta ahora, los hitos que distinguimos en nuestra historia los identificamos con Revoluciones energéticas (el homo controlador del fuego, la revolución agrícola-ganadera, la revolución industrial). Por primera vez en la Historia del género Homo, la próxima revolución energética será un decrecimiento. Si el Homo es homo por el fuego, si las tensiones del cazador-recolector cambiaron radicalmente con la agricultura y las tensiones medievales cambiaron radicalmente con la revolución industrial, las tensiones actuales no van a ser resueltas con una huida hacia adelante, con una patada a seguir. Ya no se puede. Ojalá no sea un desastre de proporciones gigantescas. Nos cambiaremos profundamente y dejaremos de chinchar, digo cambiar, al Mundo.

Carlos de Castro Carranza

 


Energía para la paz

Dice mi amigo Pedro Prieto que últimamente la geografía de la guerra presenta una sospechosa coincidencia con la geografía del petróleo y el gas: Irak, Libia,  Siria, Sudan… y últimamente también Gaza, en cuyas costas se descubrió hace poco un yacimiento todavía sin explotar. Y cuando la extracción de petróleo no está manchada por la violencia entre humanos está marcada por la violencia hacia la Tierra, como la de las técnicas de extracción extremadamente contaminantes de la fractura hidráulica y las arenas bituminosas.

A nadie le gustan las guerras ni la contaminación y es  fácil repudiar los bombardeos, pero… no deberíamos olvidar que todos consumimos ese petróleo tan frecuentemente manchado de sangre. La crisis energética pone a nuestras sociedades consumistas en una difícil coyuntura: ¿qué vamos a hacer a partir de ahora con un petróleo cada vez más caro y escaso? ¿Seguiremos intentando acaparar como sea las últimas gotas de oro negro? ¿Aceptaremos la contaminación y la guerra por el petróleo como un mal necesario antes de renunciar a nuestra cultura del usar y tirar? ¿Seremos capaces de mandar a nuestros hijos e hijas al frente para poder llenar el depósito de nuestro coche, o se nos ocurrirá, antes de llegar a ello, que puede haber otras opciones?

Si queremos la paz tenemos que prepararnos para el descenso energético. Deberíamos estar ya cultivando la autosuficiencia a base de depender sólo de las energías que produce de forma sostenible el territorio en el que vivimos (las renovables) y de tener una forma de vida que sólo requiera la energía que podemos conseguir de forma razonable. Si no lo hacemos es muy probable que entremos en una espiral de empobrecimiento en la que cada vez paguemos más por la energía y tengamos menos capacidad de desarrollar  alternativas, o bien en una espiral de guerra por los recursos todavía más perniciosa.

La buena noticia es que todavía estamos a tiempo. En Europa todavía los estados  tienen capacidad de invertir en energías renovables, en transporte público y en fomentar una agricultura y una economía menos dependientes del petróleo. Gran parte de los europeos podemos plantearnos reformar nuestras viviendas para que consuman mucha menos energía o utilizar la bicicleta para movernos en la ciudad.

No olvidemos, además, que la guerra no sólo es un drama humano (incluso para los ganadores), la guerra por el petróleo consume mucho petróleo y es, en definitiva, una guerra en la que todos están destinados a perder. El petróleo se acabará de todas formas y quienes hayan sabido transformarse en sociedades más ahorradoras y eficientes, serán los únicos ganadores.

Dicen que el maestro Fukuoka, padre de la Permacultura, al visitar Israel comentó “¿cómo no va a haber guerra en este lugar? la tierra está completamente devastada”. Fukuoka pensaba que nuestra relación con la Tierra está  teñida de violencia y  ésta es la razón de la pobreza y la guerra. La violencia contra la Tierra es, además, una violencia estéril porque se vuelve contra nosotros y sólo nos sirve para empobrecernos. De esta forma entramos en el círculo vicioso de la codicia que sobreexplota el entorno y hace que los ecosistemas se deterioren y sean menos productivos, lo que, a su vez, conduce al hambre, la guerra y todavía más sobreexplotación.

Fukuoka hablaba de cambiar la mentalidad de guerra por una mentalidad de cooperación  y armonía que desarrolla el círculo virtuoso del “suficiente”. Ser capaz de contenerse y no sobreexplotar el entorno lleva al equilibrio y esto  beneficia tanto a los ecosistemas como a los humanos porque aumenta la fertilidad de la tierra y termina recompensado a los humanos con mayor abundancia.

Estas ideas de armonía y no violencia de Fukuoka pueden ser vitales para que en este siglo nuestras sociedades sepan escapar del  desastre de la guerra por los recursos. La actitud del “suficiente” (es decir, ir poco a poco cultivando los valores del equilibrio y huyendo de la cultura de la insatisfacción y el “más y más”) es la única estrategia razonable para enfrentarse a este siglo XXI marcado por el pico del petróleo y los límites del crecimiento. No es imposible. Técnicamente todavía estamos a tiempo y tenemos muchas herramientas a nuestro alcance para vivir mas que dignamente utilizando muchos menos recursos, pero tenemos que empezar a hacerlo ya. No es una utopía proponerse como objetivo que nuestros hijos no tengan que experimentar los horrores de la guerra y  puedan decir dentro de unas décadas: ¿sangre por petróleo? no, gracias, no me hace falta.

 Marga Mediavilla

 

 

 

 


“Última llamada” versus “Advertencia a la Humanidad”

Mi primera conferencia la di con un amigo (Juan Antonio Aparicio) en Málaga, en 1991. Su título sigue siendo significativo: “Energía para un mundo sostenible”.

En ella argumentábamos que una cuestión clave para la Humanidad era el tema energético y la necesidad urgente de una transición de fósiles y nuclear a la eficiencia, el ahorro y las renovables; ello por cuestiones del lado de los residuos (incluido el cambio climático) y por la necesidad de rellenar la brecha de un mundo enormemente desigual (yo no supe del pico del petróleo hasta 1998). Éramos inexpertos y parecimos radicales,  alarmistas y pesimistas.

En realidad fuimos poco radicales y alarmistas y muy optimistas.

Desde entonces han sido más de 50 charlas y conferencias, cursos, artículos de investigación, tesis doctoral y un largo etcétera de aprendizaje que me ha llevado a seguir pareciendo radical, alarmista y pesimista: porque ya no soy tan inexperto y han pasado ya más de dos décadas sin que mi historia y la de otros miles de científicos y de activistas, hayan cambiado el mundo.

A finales de 1992 se publicó un manifiesto firmado por científicos y promovido por una asociación norteamericana (Union of concern scientists) titulado “Warning to Humanity”. Era un texto más extenso que el recién salido del horno “Última llamada”. Un texto además que proponía “soluciones”, algunas concretas.

Un texto tan radical como el nuestro de ahora pero que firmaron muchos cientos de científicos, entre ellos más de la mitad de los premios Nóbel de ciencia vivos en ese momento.

Como en “Última llamada”, a pesar de Internet, no nos auto-engañemos, fue ignorado por los principales medios de comunicación y, claro, por la sociedad en su conjunto.

No recuerdo cuando leí “Advertencia a la Humanidad”, quizás hace unos 20 años. Desde entonces, en casi todas mis charlas, presento lo que sigue, que es una traducción personal de un par de párrafos suficientemente “alarmistas”, advirtiendo al que me escucha que no se lo va a creer en el fondo:

 Los seres humanos y el mundo natural están en camino de colisión. Las actividades humanas hacen mucho daño, a menudo irreversible, sobre el medio ambiente y sobre fuentes de recursos naturales críticas. Si no se revisan, muchas de nuestras prácticas actuales ponen en riesgo serio el futuro que deseamos para la sociedad humana y los reinos animal y vegetal, y pueden alterar el mundo vivo de tal forma que seamos incapaces de sostener la vida en la manera que la conocemos ahora. Se necesitan urgentemente cambios fundamentales si es que queremos evitar nuestro presente camino de colisión…

No disponemos de más de una o unas pocas décadas para revertir los peligros que ahora tenemos si queremos evitar que el progreso de la humanidad quede enormemente disminuido

Puesto que pasaron ya esa década o unas pocas décadas, en los dos últimos años suelo añadir un párrafo personal:

 Los seres humanos y el mundo natural colisionaron. Ya no se puede sostener la vida en la manera que la conocemos ahora. Dispusimos hace unas décadas de tiempo, pero ahora ya no podemos evitar que el progreso de la humanidad quede enormemente disminuido…

 

Hoy esta redacción es la más coherente y es por ello que podemos concluir que “Última llamada” si peca en realidad de algo es de ser poco alarmista y radical, de ser optimista; lo demás quizás son solo excusas.

Más si tenemos en cuenta cómo reacciona nuestra sociedad, a la que se le pide que reaccione pero que hace oídos sordos (o se la ensordece).

Y es que ese “ya no hay tiempo de evitar que el progreso de la humanidad quede enormemente disminuido” tiene que ver, además de con las inercias biofísicas que tanto discutimos los científicos “preocupados”, con nuestra propia historia de la reacción personal y social ante las advertencias (cambio climático, cáncer y tabaco, CFC y ozono, asbestos y cáncer, plomo en la gasolina, etc.); también hay que saber de esas barreras psíquicas y sociales que la misma cultura que va al desastre ha creado.

Y la parte de este post no “desesperante”: ¿qué entendieron por progreso de la humanidad los científicos de los 90? ¿No será solo “progreso material”? ¿Va a disminuir enormemente el amor, la solidaridad, e incluso la felicidad? ¿Quién es pesimista y alarmista aquí en realidad?

  Carlos de Castro Carranza

 


La cuestión de las reservas de petróleo

Al hilo del intenso debate que está habiendo a raíz del Manifiesto Última Llamada, que nuestro grupo ha suscrito, se ha publicado un comentario en el blog que cuestiona la veracidad de los datos sobre la extracción de petróleo publicados en mi post. El comentario dice que las reservas de petróleo han aumentado en los últimos años de forma muy destacada y cita unos datos  que, aparentemente, no concuerdan con el declive que damos en las figuras.

Algunas de las respuestas que se han dado en el foro hablan de que, lo importante, no son tanto las reservas como los ritmos de extracción (de hecho, esta es la base de las teorías del pico del petróleo). Aunque existan todavía reservas en el subsuelo, a medida que los pozos se van vaciando, la extracción es más complicada y llega un momento en que no puede seguir la demanda creciente.

Pero ese no es el único argumento que defiende la veracidad de nuestros resultados.  Hay que tener en cuenta que  los datos sobre las reservas de petróleo que posee cada país están sujetos a mucha especulación y, si uno los estudia cuidadosamente, ve  cosas que no cuadran.

Es relativamente sencillo encontrar datos oficiales sobre el consumo de petróleo. BP, por ejemplo, ofrece estadísticas públicas en su web. No es tan sencillo encontrar datos sobre los descubrimientos de petróleo, pero se pueden encontrar datos históricos fiables (ASPO, por ejemplo, los ofrece). Con estos dos datos podríamos estimar cuáles son las reservas conocidas de petróleo en el mundo, ya que las reservas conocidas deben ser el resultado de ir sumando año a año los descubrimientos y restando la extracción.

Si uno hace eso con los  descubrimientos (de ASPO) desde 1930 hasta 2008 y el consumo (según BP) obtiene las gráficas de las Figuras 1 y 2. En la Figura 1 se puede ver que los descubrimientos (en verde) se realizan en años concretos (oscila mucho la gráfica) y se van haciendo más pequeños a partir de 1965, mientras la extracción sigue una curva creciente, impulsada por una demanda también creciente. El resultado de sumar descubrimientos y restar extracción es la curva verde de la Figura 2, en la que se puede ver que, a partir de los años 90, las reservas empiezan a disminuir. Este comportamiento parece bastante lógico, dado la forma de  las gráficas anteriores.

 Sin embargo, los datos de reservas que BP ofrece desde 1980 son completamente diferentes. En la Figura 2 se pueden ver estos datos de reservas “oficiales” en la curva roja. Llama la atención que el parecido entre las dos curvas es nulo. Las reservas ofrecidas por BP aumentan constantemente año a año a pesar de que desde 1980 las curvas de extracción y descubrimientos nos dicen que hay más extracción que descubrimientos. ¿Quién está mintiendo?

 

Figura 1

Figura 2

Si uno echa un vistazo a las gráficas de un país en concreto, por ejemplo Arabia Saudí, también la disparidad es enorme. En la Figura 3 se puede ver el resultado de hacer el mismo ejercicio de antes: comparar las reservas que ofrece BP con el resultado de sumar descubrimientos y restar extracción.

Figura 3

Las reservas que hemos calculado muestran el perfil de la línea verde, con un suave descenso, pero las reservas según BP son completamente diferentes (línea roja). De 1980 a 1987 las reservas de Arabia, según BP, se mantienen prácticamente constantes y desde 1990 hasta 2012 también. Pero durante todos esos años Arabia Saudí ha estado extrayendo más de 3Gbarriles al año.  Además entre 1987 y 1990 las reservas pegan un enorme salto, aunque en esos años no se registró ningún nuevo descubrimiento en ese país.

¿Por qué tienen un perfil tan raro la curva de reservas de BP? Podríamos decir que, simplemente, se debe a la mejora tecnológica. Podríamos pensar Arabia ha  revaluado  sus reservas en función de las nuevas técnicas de extracción ya que  cada vez la tecnología es mejor en los pozos donde antes se pensaba que había x barriles extraibles, ahora hay más. Pero, la verdad, es que resulta muy, muy raro que precisamente cada año el avance tecnológico sea exactamente igual a la extracción de ese año (sería más lógico que los descubrimientos científicos ocurrieran en años puntuales) y resulta más razonable pensar que, simplemente, Arabia Saudí está dando siempre el mismo dato de reservas  sin preocuparse de descontar lo que extrae. Esto cuadra con el hecho de que las reservas de petróleo son un activo muy importante a la hora de  demostrar la solvencia de un gobierno o una empresa.  Y algunos han mostrado que el abrupto aumento de las reservas de petróleo de Arabia Saudí y otros países del Golfo Pérsico en torno a 1987 se debe a las tensiones políticas en el seno de la OPEP y es, básicamente, una burbuja.

Los datos en los que nos hemos basado a la hora de  dar los resultados del post publicado el 7 de julio se basan en los estudios de diferentes autores, que se resumen en la Figura 4. Algunos de ellos, como los de ASPO, se basan en datos propios; otros, como los de la Universidad de Uppsala (Aleklett), toman los datos oficiales  y simplemente hacen los cálculos para eliminar el maquillaje que frecuentemente tienen los datos oficiales.

 

Marga Mediavilla

Figura 4: Estimations of oil extraction by different authors. There is a lack of standardization in the literature. For each study, “oil” refers to only crude oil (including NGLs) (Maggio and Cacciola, 2012); crude and unconventional (ASPO, 2009; EWG, 2013, 2008); crude, unconventional and refinery gains (Aleklett et al., 2010; Skrebowski, 2010; WEO, 2012); crude oil, unconventional, refinery gains and biofuels (Laherrère, 2006); finally (BP, 2013) historical data include crude oil,  shale oil, oil sands. (Aleklett et al., 2010) adjust the total volume to the energy content since 1 barrel of NGL contains in reality 70% of the energy of an oil barrel.

 

 


Manifiesto Última Llamada

Este lunes se ha presentado a la prensa un manifiesto (en cuya redacción hemos colaborado) y ha conseguido la adhesión de más de 200 personas relevantes de la vida académica, social y política  como Alberto Garzón, Pablo Iglesias Turrión, Ada Colau, Juantxo López de Urralde, Marina Albiol, Cayo Lara, Alicia Puleo, Jorge Riechmann, Arcadi Oliveres, Enric Duran, Teresa Forcades, Xose Manuel Beiras,  Belén Gopegui, Esther Vivas, Joan Martínez Alier, José Manuel Naredo, María Eugenia Rodríguez Palop, Yayo Herrero, etc.

El manifiesto tiene por nombre Última Llamada. Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización y su texto íntegro lo reproducimos más bajo (también se ha creado una red donde se recoge y donde se admiten adhesiones de ciudadanos particulares, se puede consultar aquí).

En el mismo se hace una llamada a mirar mucho más allá de las causas inmediatas de la crisis económica y tomar conciencia de que estamos ante un auténtico cambio de civilización porque la actual sociedad de consumo no es sostenible, y lo que llamamos crisis es en gran medida un síntoma del choque de nuestra sociedad contra los límites del Planeta.

Esperemos que esta llamada de atención sea escuchada y los sectores sociales que buscan alternativas al liberalismo actual no se conformen con las soluciones del siglo pasado sino que busquen alternativas adecuadas para este siglo que, de seguro, va a estar marcado por el enorme reto ambiental.

Marga Mediavilla

 

 

Última llamada»

Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización

Los ciudadanos y ciudadanas europeos, en su gran mayoría, asumen la idea de que la sociedad de consumo actual puede “mejorar” hacia el futuro (y que debería hacerlo). Mientras tanto, buena parte de los habitantes del planeta esperan ir acercándose a nuestros niveles de bienestar material. Sin embargo, el nivel de producción y consumo se ha conseguido a costa de agotar los recursos naturales y energéticos, y romper los equilibrios ecológicos de la Tierra.

Nada de esto es nuevo. Las investigadoras y los científicos más lúcidos llevan dándonos fundadas señales de alarma desde principios de los años setenta del siglo XX: de proseguir con las tendencias de crecimiento vigentes (económico, demográfico, en el uso de recursos, generación de contaminantes e incremento de desigualdades) el resultado más probable para el siglo XXI es un colapso civilizatorio.

Hoy se acumulan las noticias que indican que la vía del crecimiento es ya un genocidio a cámara lenta. El declive en la disponibilidad de energía barata, los escenarios catastróficos del cambio climático y las tensiones geopolíticas por los recursos muestran que las tendencias de progreso del pasado se están quebrando.

Frente a este desafío no bastan los mantras cosméticos del desarrollo sostenible, ni la mera apuesta por tecnologías ecoeficientes, ni una supuesta “economía verde” que encubre la mercantilización generalizada de bienes naturales y servicios ecosistémicos. Las soluciones tecnológicas, tanto a la crisis ambiental como al declive energético, son insuficientes. Además, la crisis ecológica no es un tema parcial sino que determina todos los aspectos de la sociedad: alimentación, transporte, industria, urbanización, conflictos bélicos… Se trata, en definitiva, de la base de nuestra economía y de nuestras vidas.

Estamos atrapados en la dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece destruye las bases naturales que la hacen posible. Nuestra cultura, tecnólatra y mercadólatra, olvida que somos, de raíz, dependientes de los ecosistemas e interdependientes.

La sociedad productivista y consumista no puede ser sustentada por el planeta. Necesitamos construir una nueva civilización capaz de asegurar una vida digna a una enorme población humana (hoy más de 7.200 millones), aún creciente, que habita un mundo de recursos menguantes. Para ello van a ser necesarios cambios radicales en los modos de vida, las formas de producción, el diseño de las ciudades y la organización territorial: y sobre todo en los valores que guían todo lo anterior. Necesitamos una sociedad que tenga como objetivo recuperar el equilibrio con la biosfera, y utilice la investigación, la tecnología, la cultura, la economía y la política para avanzar hacia ese fin. Necesitaremos para ello toda la imaginación política, generosidad moral y creatividad técnica que logremos desplegar.

Pero esta Gran Transformación se topa con dos obstáculos titánicos: la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados. Para evitar el caos y la barbarie hacia donde hoy estamos dirigiéndonos, necesitamos una ruptura política profunda con la hegemonía vigente, y una economía que tenga como fin la satisfacción de necesidades sociales dentro de los límites que impone la biosfera, y no el incremento del beneficio privado.

Por suerte, cada vez más gente está reaccionando ante los intentos de las elites de hacerles pagar los platos rotos. Hoy, en el Estado español, el despertar de dignidad y democracia que supuso el 15M (desde la primavera de 2011) está gestando un proceso constituyente que abre posibilidades para otras formas de organización social.

Sin embargo, es fundamental que los proyectos alternativos tomen conciencia de las implicaciones que suponen los límites del crecimiento y diseñen propuestas de cambio mucho más audaces. La crisis de régimen y la crisis económica sólo se podrán superar si al mismo tiempo se supera la crisis ecológica. En este sentido, no bastan políticas que vuelvan a las recetas del capitalismo keynesiano. Estas políticas nos llevaron, en los decenios que siguieron a la segunda guerra mundial, a un ciclo de expansión que nos colocó en el umbral de los límites del planeta. Un nuevo ciclo de expansión es inviable: no hay base material, ni espacio ecológico y recursos naturales que pudieran sustentarlo.

El siglo XXI será el siglo más decisivo de la historia de la humanidad. Supondrá una gran prueba para todas las culturas y sociedades, y para la especie en su conjunto. Una prueba donde se dirimirá nuestra continuidad en la Tierra y la posibilidad de llamar “humana” a la vida que seamos capaces de organizar después. Tenemos ante nosotros el reto de una transformación de calibre análogo al de grandes acontecimientos históricos como la revolución neolítica o la revolución industrial.

Atención: la ventana de oportunidad se está cerrando. Es cierto que hay muchos movimientos de resistencia alrededor del mundo en pro de la justicia ambiental (la organización Global Witness ha registrado casi mil ambientalistas muertos sólo en los últimos diez años, en sus luchas contra proyectos mineros o petroleros, defendiendo sus tierras y sus aguas). Pero a lo sumo tenemos un lustro para asentar un debate amplio y transversal sobre los límites del crecimiento, y para construir democráticamente alternativas ecológicas y energéticas que sean a la vez rigurosas y viables. Deberíamos ser capaces de ganar grandes mayorías para un cambio de modelo económico, energético, social y cultural. Además de combatir las injusticias originadas por el ejercicio de la dominación y la acumulación de riqueza, hablamos de un modelo que asuma la realidad, haga las paces con la naturaleza y posibilite la vida buena dentro de los límites ecológicos de la Tierra.

Una civilización se acaba y hemos de construir otra nueva. Las consecuencias de no hacer nada —o hacer demasiado poco— nos llevan directamente al colapso social, económico y ecológico. Pero si empezamos hoy, todavía podemos ser las y los protagonistas de una sociedad solidaria, democrática y en paz con el planeta.

— En diversos lugares de la Península Ibérica, Baleares y Canarias, y en el verano de 2014.


Cuando decimos que es la Última Llamada es porque esto se acaba, ya hemos empezado la cuesta abajo y la tecnología no nos va a salvar

En estos días un grupo de científicos, ecologistas y activistas sociales hemos redactado un manifiesto  para llamar la atención sobre un tema que está ausente de la mayor parte de los debates políticos y cuya importancia, creemos, es enorme.

Cuando uno quiere llamar la atención lanza frases de urgencia, y, por ello, el manifiesto se titula “Última llamada. Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización”. Desgraciadamente esta sociedad está demasiado acostumbrada a la urgencia y, quienes no conocen los datos básicos,  nos pueden tachar de alarmistas y contestar con el típico mantra que se suele aplicar a estos casos: “ya  muchos antes han profetizado  el fin del mundo  y eso nunca ha sucedido”.

Por ello me gustaría pedir a las lectoras y lectores que nos den, simplemente, un momento para explicarnos. Antes de acusarnos de fustigar las conciencias con “sermones sobre el Apocalipsis”, por favor, escuchen por qué decimos que, ahora especialmente, estamos viviendo una  última llamada.

En estos primeros años del siglo XXI la humanidad está viviendo un momento especialmente crítico porque nos enfrentamos al deterioro de todos los recursos naturales sobre los que descansa nuestra civilización. Muchas personas son conscientes del problema que suponen la contaminación o el cambio climático, pero estos no son los únicos problemas globales que tenemos. Mucho menos conocidos, pero mucho más obvios, son los problemas relacionados con la escasez de recursos naturales (deterioro de acuíferos, tierras fértiles, pesquerías) y, además  un problema especialmente importante para la tecnología: el agotamiento de los combustibles fósiles de los que depende el 80% de nuestra energía.

De todos estos límites naturales quizá el energético sea el más decisivo y, probablemente, también el más desconocido. Es decisivo porque toda la tecnología descansa sobre el uso de energía y porque  gran parte de las soluciones a problemas como el agotamiento de las tierras fértiles, los acuíferos o el cambio climático, también requieren de energía para poder ser contrarrestados.

Los combustibles fósiles están empezando a dar señales de agotamiento, especialmente el más versátil y utilizado: el petróleo. En las revistas científicas (ver figura 1) ya hace tiempo que se habla ampliamente de un fenómeno conocido como cenit o pico del petróleo (“peak oil”) que nos dice que, cuando los pozos empiezan a mostrar signos de agotamiento, la extracción se hace forzosamente más lenta. Este fenómeno se está observando ya: la producción de petróleo crudo está cayendo desde el año 2006. Los sustitutos a este petróleo barato y fácil de extraer (como los extraídos mediante fractura hidráulica, de peor calidad y mucho más contaminantes) apenas están consiguiendo aumentar la producción y los expertos coinciden en que antes de 2020 veremos una disminución neta de la producción de petróleo mundial (más detalles).

Si el declive del petróleo se está observando en esta década, el del gas natural se prevé antes de 2035 y el cenit del carbón y el uranio, aunque pueden demorarse un poco más, tendrá probablemente lugar alrededor de 2050 (dependiendo de hasta qué punto su explotación aumente para compensar el declive del gas y el petróleo).

Ante este hecho, una se pregunta si la tecnología va a ser capaz de proporcionarnos alternativas en forma de energías renovables, fusión o tecnologías del hidrógeno. Esta pregunta es la que nuestro grupo de investigación ha intentando responder con un  estudio que hemos llevado a cabo en los últimos siete años. Para ello hemos realizado un análisis detallado de los recursos energéticos mundiales y las tecnologías alternativas con ayuda de simulaciones matemáticas por ordenador. Ello nos ofrece una perspectiva muy amplia de lo que probablemente va a ser el futuro energético del siglo XXI (trabajos anteriores sobre aspectos parciales  se pueden ver aquí, y aquí ).

Los resultados se pueden resumir en las gráficas de la figura 2. En ellas comparamos la demanda de energía mundial que tendría lugar si continuamos con las tendencias actuales de crecimiento económico y mejora de la eficiencia, con la producción máxima de energía de todo tipo que vamos a poder poner en marcha.

Las conclusiones del estudio son claras: no tenemos tiempo. Deberíamos haber empezado el cambio tecnológico unas décadas antes. En estos momentos las energías alternativas no pueden compensar el declive, especialmente por la falta de sustitutos a los combustibles líquidos, muy dependientes del petróleo. Si hubiera tecnologías  mejores por descubrir, no van a llegar a tiempo, porque la tecnología necesita décadas para su desarrollo y el declive empieza ya. Esto quiere decir que vamos a vivir un descenso global de la energía, que va  a ser especialmente importante en esta misma década para el sector del transporte.

Estamos empezando la cuesta abajo. Hemos vivido siglos de constante aumento del consumo apoyándonos sobre la energía abundante de los combustibles fósiles y ahora esa energía empieza a disminuir. Empujados por la dinámica demencial de una sociedad basada en el crecimiento, hemos dormido durante décadas cerrando los ojos a lo obvio: los combustibles fósiles no pueden durar siempre.

El pico del petróleo y  el cambio climático  nos dicen claramente una cosa: ya hemos perdido el avión. El avión de un futuro de consumo creciente impulsado por un fabuloso desarrollo tecnológico se ha marchado ya. Es inútil quedarnos en el aeropuerto esperando a ver si viene otro. En estos momentos lo que tenemos que hacer es ir corriendo a la estación a ver si todavía podemos coger el tren. El tren de un modelo de desarrollo basado en energías renovables y  compatible con el Planeta está en el andén, pero tampoco espera  y los altavoces de la estación están dando el aviso de salida.

Podemos oír las llamadas de urgencia como la que pretende ser nuestro manifiesto, asustarnos un poco y correr al andén… pero también podemos descalificar a los “agoreros”, quedarnos sentados esperando que nos salve la tecnología y perder el tren. Eso no sería el fin del mundo. Si perdemos el tren de una sociedad industrial sostenible, la vida en el Planeta probablemente continuará y no será el fin de la raza humana. Lo que pasa es que solo nos quedará la opción de realizar el viaje en bicicleta. Nos veremos, probablemente, embarcarnos en un turbulento siglo de guerras por los recursos, estados de caos social, destrucción y declive tecnológico hasta que las sociedades humanas se acomoden a civilizaciones sostenibles con niveles de vida mucho más modestos que los actuales y en un mundo de recursos escasos.

No es cuestión de que cunda el pánico pero sí tenemos que darnos prisa. Una civilización basada en energías renovables, que no sobrexplote los ecosistemas y que mantenga un nivel de vida aceptable para toda la población humana todavía es posible, pero sería una sociedad muy diferente a la que conocemos. Tenemos que realizar un cambio de una magnitud enorme, y eso no se puede hacer en dos días. La transición es posible, pero tenemos que abrir los ojos y hacer caso a los avisos. El tren no espera.

Marga Mediavilla

 

Figura 1. El pico del petróleo es un tema ampliamente debatido en las publicaciones científicas especializadas en política energética. En las figuras se puede ver el resultado de introducir el término “peak oil” en el buscador de dos de las revistas más relevantes en este tema Energy Policy (con 214 resultados) y Energy (61).

 

Figura 2: Resultados del modelo WoLiM (World Limits Model) para la energía para el sector transporte (arriba) y para la energía total (energía primaria, abajo). Las estimaciones de energía de diferentes fuentes son comparadas con la demanda prevista según las tendencias de crecimiento económico e intensidad energética actuales. Las tecnologías alternativas se han estimado en estos resultados según las tendencias actuales de desarrollo. En el estudio completo (todavía en proceso de revisión) se han desarrollado también escenarios con mayores desarrollos tecnológicos obteniéndose resultados que arrojan conclusiones muy similares, especialmente en lo referente al sector transporte.